¡Estimados lectores! El texto de hoy no es un artículo habitual, sino toda una investigación. Ya hemos entrado en el segundo cuarto del siglo XXI. Tecnologías que antes eran inimaginables están a nuestro alcance y nos preparamos para volar a Marte. Entonces, ¿por qué organizaciones enteras de todo el mundo siguen trabajando en una idea que tiene 130 años? Al fin y al cabo, un ascensor espacial parece una utopía salida directamente de la ciencia ficción. ¿O quizá no?

Quería comprender por qué esta idea ha resultado ser tan persistente y si alguna vez podría llegar a construirse. ¿Qué impulsó a Tsiolkovski a diseñar el primer modelo de ascensor espacial del mundo y cuál era el ambiente que se respiraba entonces? Si también sienten curiosidad, empiecen a leer desde el principio. Si prefieren ir directamente al grano, pueden saltarse la Parte I.

La historia de un sueño humano que algún día podría convertirse en un camino hacia las estrellas.

En 1895, un modesto profesor de física, sentado en lo más profundo de la provincia rusa, estudiaba los planos de la recién construida Torre Eiffel. Mientras todo París la maldecía por considerarla una monstruosidad, aquel hombre pensó: «¿Y si la prolongáramos hasta las estrellas?». Así nació el concepto que hoy llamamos ascensor espacial. Pero ¿qué es exactamente un ascensor espacial? En su forma más sencilla, es un cable que va desde la superficie terrestre hasta el espacio y permite elevar cargas y personas hasta la órbita en lugar de lanzarlas allí mediante cohetes.

Capítulo 1. ¿Por qué la humanidad siempre ha aspirado a alcanzar el cielo?

Durante miles de años, las personas construyeron enormes estructuras que se elevaban verticalmente. Nunca fue un capricho pasajero de la ingeniería. La altura servía como un código cultural y sagrado fundamental: en todas partes se consideraba que el cielo era la morada del poder absoluto y del orden eterno, opuesto al caos y la decadencia terrenales.

Pieter Brueghel el Viejo, La torre de Babel, hacia 1565, óleo sobre tabla

Pensemos en el mito de la Torre de Babel y en los zigurats reales de Mesopotamia, estructuras como Etemenanki. Para los antiguos habitantes de la cuenca del Tigris y el Éufrates, estos gigantes escalonados no constituían un intento audaz de «asaltar» físicamente la morada de los dioses. Se construían como montañas sagradas artificiales, puentes y portales entre el mundo terrenal y el celestial. Cada paso hacia la cima acercaba simbólicamente a la persona al orden cósmico.
Imágenes semejantes aparecen por todo el mundo.

La escalera bíblica de Jacob es un canal vertical de comunicación por el que los ángeles se desplazan entre el cielo y la tierra. Para muchos pueblos, esta función la cumple el arquetipo del Árbol del Mundo (Axis Mundi), que atraviesa los tres niveles del universo y sirve como pilar de la creación. En la Antigüedad, el cielo se asociaba con la armonía de las esferas; más tarde, las torres se convirtieron en un símbolo del poder terrenal, mediante el cual un gobernante demostraba su dominio sobre el espacio y sus súbditos. La antropología moderna lo confirma: la atracción por la altura es una constante cognitiva. La mente humana relaciona metafóricamente «arriba» con la bondad, la pureza y la superioridad espiritual.

Yggdrasil, Oluf Olufsen Bagge, 1847
Oluf Olufsen Bagge — Yggdrasil, el Árbol del Mundo, 1847

No existe una línea tecnológica directa entre un zigurat y los planos de un ascensor espacial: ambos son ecos de un mismo impulso, el de cruzar la frontera entre la morada terrenal y las alturas celestes. Y aquí todavía queda espacio para futuras investigaciones: los especialistas siguen debatiendo qué movía con más fuerza a los constructores de los zigurats, si el deseo de dominar el paisaje o el puro éxtasis religioso, mientras que los cálculos precisos sobre la estabilidad del suelo bajo las estructuras mesopotámicas de varias toneladas continúan siendo un punto oscuro en la historia de la arquitectura.

Capítulo 2. Cuando las torres se convirtieron en un símbolo de progreso

Cathedral in Cologne, Germany
Catedral de Colonia, Alemania

Al final de la Edad Media, la percepción de la altura por parte de la humanidad experimentó un cambio sísmico, y en el siglo XIX industrial ya se había transformado para siempre. La vertical fue perdiendo poco a poco su significado sagrado: de instrumento para comunicarse con Dios pasó a convertirse en un manifiesto de la razón humana y de la supremacía técnica.

El primer paso lo dieron las catedrales góticas y los campanarios urbanos. El sistema de estructura esquelética de la arquitectura gótica francesa logró una verdadera proeza: la pesada piedra adquirió una apariencia de ingravidez, y las agujas de Chartres y Beauvais se alzaron atravesando las nubes.

Pero fue el siglo XIX industrial el que realmente lo cambió todo. El acero laminado y el ascensor de pasajeros seguro dieron al mundo los primeros rascacielos estadounidenses. La altura dejó de ser una categoría religiosa y pasó a ser económica: el equivalente del valor del suelo, un símbolo de poder financiero y triunfo de la ingeniería. Las exposiciones universales se convirtieron en los principales escaparates donde las naciones competían por la magnitud de sus monumentos artificiales.

El punto culminante de la época fue la Torre Eiffel, la estructura metálica reticulada de 300 metros de Gustave Eiffel, construida para la Exposición Universal de París de 1889. La sociedad recibió su construcción con sentimientos encontrados. Los periódicos de 1887–1890 estaban llenos de airados manifiestos de la intelectualidad parisina, que llamaba a la torre «esqueleto gigantesco» y «chimenea de fábrica» y acusaba al proyecto de destruir el aspecto histórico de la ciudad. Sin embargo, la enorme afluencia de visitantes y la extraordinaria panorámica a vista de pájaro que ofrecía conquistaron rápidamente al público: el metal y el cálculo preciso habían demostrado que podían dominar la propia gravedad.

Fue entonces cuando la altura se convirtió en sinónimo de progreso científico y técnico: la Torre Eiffel mostró a la humanidad que las estructuras metálicas de altura excepcional ya no eran un mito, sino un problema de ingeniería que podía resolverse, y amplió para siempre los horizontes del pensamiento de los inventores. Aunque sabemos mucho menos sobre cómo recibieron la torre los periódicos provinciales y los trabajadores corrientes: casi todo el material de archivo conservado refleja únicamente las opiniones de un reducido círculo de la élite intelectual de la capital.

Eiffel Tower in 1909
La Torre Eiffel en 1909, París

Capítulo 3. Finales del siglo XIX: la época que aprendió a soñar

Los años 1860–1895 estuvieron marcados por una fe casi ilimitada en el poder de la mente humana. Las barreras tecnológicas caían una tras otra, y parecía que la palabra «imposible» estaba a punto de desaparecer para siempre de los diccionarios, de forma muy parecida a lo que sucede hoy, en medio del entusiasmo por las redes neuronales y las conversaciones sobre los vuelos a Marte.

La Segunda Revolución Industrial alimentó este optimismo. La electricidad entraba en la vida cotidiana, el teléfono conectaba ciudades y los rayos X ampliaban los límites de lo visible. La producción en masa de acero de alta calidad permitió construir enormes puentes y rascacielos, los ferrocarriles unieron continentes y los primeros automóviles y dirigibles marcaron el inicio de la conquista física del aire por parte de la humanidad. La gente se encontraba con prodigios tecnológicos todos los días, y el optimismo científico se fue convirtiendo poco a poco en una especie de religión civil.

Photograph of 2 men and 2 children in an automobile, Paris, 1910
En un automóvil, París, 1910
Airship of France in 1902
Dirigible en Francia, 1902



La ciencia ficción encabezó este proceso. Las novelas de Julio Verne acostumbraron a los lectores a considerar los viajes espaciales como un riguroso problema balístico y no como un cuento de hadas. El astrónomo y escritor francés Camille Flammarion, mediante sus obras de divulgación científica, desdibujó la frontera entre los hechos astronómicos rigurosos y el sueño poético de la vida en otros mundos. H. G. Wells continuó creando nuevos mitos tecnológicos y preparando la mente humana para abandonar su planeta natal.

La explosión tecnológica de finales del siglo XIX creó un terreno psicológico de una fertilidad excepcional: las personas creían sinceramente que cualquier fantasía audaz de la ingeniería podía materializarse en metal. El espacio dejó de ser un ámbito filosófico abstracto y se convirtió en un posible destino para los sistemas de transporte del futuro, aunque los historiadores de la ciencia todavía no saben con plena certeza hasta qué punto llegaron a cruzarse realmente los caminos de los científicos profesionales y los primeros escritores de ciencia ficción, ni si sus conversaciones privadas influyeron en los proyectos reales de ingeniería de la época.

Capítulo 4. El cosmismo ruso: las raíces espirituales del ascensor espacial

Mientras el pensamiento occidental avanzaba por el camino de la conquista pragmática e industrial de la altura, en Rusia tomaba forma algo muy distinto: el cosmismo ruso. Este movimiento intelectual nació de una profunda percepción de la unidad indisoluble entre el macrocosmos del universo y el microcosmos del ser humano.

Russian cosmism

El filósofo Nikolái Fiódorov abordó la cuestión de la altura no desde una perspectiva técnica, sino ética. En su «Filosofía de la causa común» formuló una misión radical: la humanidad está obligada a vencer a la muerte, resucitar físicamente a sus antepasados y aprender a dominar las fuerzas de la naturaleza. Y puesto que en la Tierra no habrá espacio suficiente para todas las generaciones resucitadas, el poblamiento de otros planetas se vuelve inevitable.

Más adelante, estas ideas se desarrollarían en el concepto religioso-filosófico de la Unidad Total de Vladímir Soloviov, en los trabajos científicos de Vladímir Vernadski sobre la noosfera y en los estudios de heliobiología de Aleksandr Chizhevski. Puede parecer extraño a un lector occidental, pero en Rusia la ingeniería espacial no nació del cálculo militar, sino de una filosofía casi religiosa. Antes de construir un cohete, los pensadores rusos tuvieron que responder primero a una pregunta existencial: ¿por qué debería la humanidad abandonar la Tierra? La respuesta de Fiódorov —por la salvación de la humanidad y por deber ético— se convirtió en el combustible del que más tarde se nutrirían las ideas de Tsiolkovski.

Esta visión cósmica del mundo también llegó a la poesía de la Edad de Plata (la segunda edad de oro de la poesía modernista rusa de finales del siglo XIX y principios del XX, conocida por su extraordinaria creatividad artística y sus influyentes poetas). Mucho antes de que el cosmismo tomara forma como movimiento, Fiódor Tiútchev describía el abismo del cielo estrellado y la dualidad del alma humana ante el infinito. Serguéi Yesenin, en sus poemas revolucionarios «Transfiguración» y «Pugachov», elevó la cosmología campesina a escala planetaria y trató la conmoción social como un cambio cósmico.

«Octoechos»
de Serguéi Yesenin, 1917.

Плечьми трясем мы небо,
Руками зыбим мрак
И в тощий колос хлеба
Вдыхаем звездный злак.

Traducción literal: «Con nuestros hombros sacudimos el cielo, / con nuestras manos agitamos la oscuridad, / y en la espiga flaca del trigo / insuflamos un grano estelar».

Не хочу восприять спасения
Через муки его и крест:
Я иное постиг учение
Прободающих вечность звезд.

Я иное узрел пришествие —
Где не пляшет над правдой смерть.
Как овцу от поганой шерсти, я
Остригу голубую твердь.

de «Inonia»,
de Serguéi Yesenin, 1918.
No quiero recibir la salvación
por sus sufrimientos y la cruz:
he comprendido otra enseñanza
de las estrellas que atraviesan la eternidad.

He visto otro advenimiento,
allí la muerte no danza sobre la verdad.
Como a una oveja de impura lana, yo
esquilaré el firmamento azul.

de «Inonia»,
de Serguéi Yesenin, 1918. Traducción: Fulvio Franchi
Alexey_Akindinov._Worlds_of_Tsiolkovsky_-_Along_the_Rainbow_2016
«Los mundos de Tsiolkovski» – Por el arcoíris, de Alexey Akindinov, 2016

En la cultura rusa, el espacio se convirtió primero en filosofía y poesía, y solo después en un problema de ingeniería: primero había que responder a la pregunta de por qué (por el deber ético y la salvación), y únicamente después a la de cómo hacerlo realmente. Sin embargo, algo sigue siendo un misterio: hasta qué punto conocían personalmente los poetas de la Edad de Plata, entre ellos Aleksandr Blok y Valeri Briúsov, los manuscritos de Fiódorov, inéditos durante su vida, ya que sus ideas se transmitían con mayor frecuencia de boca en boca en los círculos intelectuales que por escrito.

Capítulo 5. Konstantín Tsiolkovski, el visionario que concibió el ascensor espacial

Konstantín Eduárdovich Tsiolkovski es la figura central de la historia de la cosmonáutica teórica, pero su fenómeno no puede comprenderse desde la perspectiva de una biografía académica convencional. Fue un profundo pensador de provincias cuyo aislamiento forzoso se convirtió, paradójicamente, en su mayor ventaja intelectual.

Tras quedar casi completamente sordo a consecuencia de la escarlatina que padeció en la infancia, Tsiolkovski nunca recibió una educación universitaria formal y fue el clásico científico autodidacta. Vivió en Kaluga y Borovsk, lejos de los centros científicos de la capital; Kaluga sigue siendo hoy una pequeña y tranquila ciudad de provincias situada unos 150 kilómetros al suroeste de Moscú, rodeada de densos bosques, donde a finales del siglo XIX la vida transcurría de manera lenta y tradicional.

Como no conocía idiomas extranjeros, le resultaba muy difícil leer literatura científica de otros países. Sin embargo, su círculo intelectual se extendía mucho más allá de Kaluga: mediante cartas, el científico mantenía contacto con todo el mundo. El Archivo de la Academia de Ciencias conserva datos de más de 700 corresponsales suyos, entre los que se encontraban destacados especialistas extranjeros y divulgadores científicos: Willy Ley, Hermann Oberth, Robert Lademann y Aleksandr Shershevski.

Konstantin Tsiolkovsky in 1924
Konstantín Tsiolkovski en 1924
Portrait of Nikolai Fyodorov by Leonid Pasternak
Retrato de Nikolái Fiódorov, de Leonid Pasternak

Nikolái Fiódorov, a quien el joven Tsiolkovski conoció en Moscú mientras estudiaba en la Biblioteca Pública Chertkov, ejerció una enorme influencia en su formación. Fiódorov se convirtió de hecho en su mentor e inculcó en él la fe en el futuro cósmico de la humanidad. La biblioteca personal de Tsiolkovski estaba formada por obras fundamentales sobre física, química y mecánica analítica, que comprobaba meticulosamente derivando por sí mismo las fórmulas. Sus primeros proyectos de ingeniería estuvieron dedicados a la aeronáutica: consciente de la primacía de su país en este campo, en 1893–1894 tradujo al francés su trabajo «¿Es posible un dirigible metálico?» y lo envió, junto con un modelo, a la Academia de Ciencias de Francia. Más tarde patentó sus diseños de dirigibles en nueve países, entre ellos Rusia, Estados Unidos, Alemania y Francia.


Tsiolkovski fue capaz de imaginar lo imposible precisamente gracias a su aislamiento sensorial y a su independencia respecto de los dogmas académicos de su tiempo: su sordera obligaba a su mente a construir impecables experimentos mentales en un silencio absoluto, donde las leyes de la mecánica y de la gravedad podían analizarse sin tener en cuenta el escepticismo de sus contemporáneos. Dicho esto, como parte de su archivo personal se perdió durante las inundaciones de Kaluga, los historiadores de la ciencia aún no conocen la lista completa de los libros que Tsiolkovski estudió durante sus años en Moscú, lo que dificulta rastrear la evolución de sus primeras ideas físicas.

Capítulo 6. Una investigación histórica: ¿estuvo Tsiolkovski alguna vez en París?

Una llamativa leyenda se ha arraigado firmemente en la literatura aeroespacial de divulgación y en los artículos de internet del siglo XXI: Konstantín Tsiolkovski habría visitado personalmente la Exposición Universal de París, habría visto con sus propios ojos la Torre Eiffel y se habría inspirado de inmediato para diseñar el ascensor espacial. Llevemos a cabo una investigación histórica rigurosa de esta afirmación.

El estudio del archivo personal de K. E. Tsiolkovski en la Academia de Ciencias de Rusia (fondo n.º 555) refuta por completo esta versión. En sus diarios, cartas o memorias familiares conservados no aparece una sola mención de viaje alguno fuera del Imperio ruso. En sus notas autobiográficas y en su correspondencia —incluida una carta de 1930 a Robert Lademann— Tsiolkovski afirmó directamente que nunca había estado en el extranjero y lamentó profundamente no conocer ningún idioma extranjero. El modesto presupuesto de un profesor de matemáticas de Kaluga sencillamente no podía sufragar un viaje al extranjero tan costoso. Sus vínculos con Francia fueron exclusivamente epistolares: el envío de sus diseños de dirigibles a la Academia de Ciencias en 1894 y su correspondencia con el ingeniero Ary Sternfeld, quien ayudó a que los libros de Tsiolkovski llegaran a la Biblioteca Nacional de París.

Tsiolkovsky, 1932
Tsiolkovsky en 1932

La propia leyenda del «viaje a París» nació mucho después de la muerte del científico, a finales de la década de 1950, impulsada por la ola de interés popular por el ascensor espacial que siguió a las publicaciones de Yuri Artsutánov. Periodistas y divulgadores científicos utilizaron la Torre Eiffel como una metáfora cómoda y gráfica para explicar el curso del pensamiento del pensador de Kaluga. Con el tiempo, a través de una cadena de relatos poco rigurosos en la prensa de masas, la frase «Tsiolkovski se inspiró en el diseño de la Torre Eiffel» se transformó en un falso dato biográfico: «Tsiolkovski visitó la Torre Eiffel en París».

Por tanto, nunca se ha encontrado prueba documental alguna de que K. E. Tsiolkovski estuviera en París: el científico no abandonó su patria ni una sola vez. Su inspiración no procedió de una visita personal, sino de los detallados dibujos y artículos sobre la Torre Eiffel publicados en revistas técnicas rusas entre 1889 y 1890, que estudió cuidadosamente en su mesa de trabajo.

Capítulo 7. El nacimiento de la «torre celestial»

En 1895 se publicó en Moscú el libro de K. E. Tsiolkovski «Sueños de la Tierra y el cielo y efectos de la gravitación universal», financiado por el mecenas de Kaluga A. N. Goncharov. Esta publicación, aparecida en vida del científico, se considera el nacimiento oficial de la primera descripción técnica de un ascensor espacial de la historia.

Estos son dibujos del trabajo de Tsiolkovski «Álbum de viajes espaciales», de 1933:

From Tsiolkovsky's 1933 paper "Album of Space Travel", manuscript page 55, drawing of a greenhouse in space
Un invernadero en el espacio
From Tsiolkovsky's 1933 paper "Album of Space Travel", drawing of people and objects floating around weightless.
Personas y objetos flotando en estado de ingravidez
From Tsiolkovsky's 1933 paper "Album of Space Travel", manuscript, drawing of floating people looking at stars through a window.
Personas flotando mientras contemplan las estrellas a través de una ventana
From Tsiolkovsky's 1933 paper "Album of Space Travel", manuscript, drawing of an astronaut in a space suit using an airlock
Un astronauta con traje espacial utilizando una esclusa


En esta obra a medio camino entre la ficción y la astronomía, Tsiolkovski utilizó el método del experimento mental: ¿qué ocurriría si la gravedad desapareciera de repente en la Tierra? Como solución al problema de vencer la gravedad, propuso construir en el ecuador una torre colosal que se elevara verticalmente hasta el espacio exterior. Esta fue la respuesta de Tsiolkovski a la pregunta de cómo funcionaría un ascensor espacial: equilibrar la gravedad con la fuerza centrífuga, sin necesidad alguna de cohete. Y esta es también la razón por la que, en todos los diseños posteriores, un ascensor espacial debe situarse en el ecuador: solo allí la propia rotación del planeta tira del cable verticalmente hacia arriba y no en ángulo.

Tsiolkovsky_the first spaceship sketch 1883
El primer boceto de una nave espacial de Tsiolkovski, 1883

El científico calculó matemáticamente que, a medida que se ascendiera por la torre, la fuerza centrífuga producida por la rotación diaria de la Tierra aumentaría, mientras que la atracción gravitatoria disminuiría. A la altura de la órbita geoestacionaria (unos 36 000 km), estas fuerzas alcanzarían un equilibrio perfecto. Una persona que subiera hasta la cima de semejante «torre celestial» (o «Castillo Celeste») se encontraría en estado de ingravidez y podría salir al espacio abierto, convirtiéndose automáticamente en un satélite artificial de la Tierra, sin un solo cohete.

La reacción de sus contemporáneos fue desalentadora. La sociedad de Kaluga y los círculos académicos recibieron el libro con absoluta incomprensión y burlas, considerándolo fruto de las fantasías ociosas de un profesor de provincias. Los periódicos locales publicaron críticas mordaces. Una reseña de la época decía claramente: «¿No sería mejor que este escritor ocioso, en lugar de entregarse a sueños estériles sobre el cielo, mirara a la tierra y dedicara su inspiración a asuntos mundanos, por ejemplo, los sobornos, el desorden en los ferrocarriles o el mal estado de las calles y aceras?».

La idea pasó completamente inadvertida para la comunidad científica mundial, sobre todo porque se adelantaba de forma crucial a las capacidades tecnológicas de su época. Un cálculo básico de ingeniería demostraba que, con los materiales disponibles en el siglo XIX, incluido el acero más resistente de entonces, un cable de semejante longitud se rompería inevitablemente y quedaría aplastado bajo su propio peso colosal. La construcción de la «torre celestial» requeriría materiales con una resistencia del orden de los enlaces moleculares interatómicos, algo cuya existencia la metalurgia de 1895 ni siquiera sospechaba.

De este modo, la gran intuición de Tsiolkovski cayó en el olvido durante casi setenta años: la idea simplemente se había adelantado a su tiempo y permaneció como una obra de ciencia ficción, esperando en la historia de las ideas a que llegara su momento. Incluso hoy se desconoce realmente cuántos ejemplares originales del libro de 1895 se conservan en archivos y colecciones privadas fuera del Museo Estatal de Historia de la Cosmonáutica de Kaluga: la tirada fue bastante pequeña.


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